No dormía; vagaba en este limbo en que cambian de forma los objetos, misteriosos espacios que separan la vigilia del sueño. Las ideas, que en ronda silenciosa daban vueltas en torno a mi cerebro, poco a poco en su danza se movían con un compás más lento. De la luz que entra al alma por los ojos los párpados velaban el reflejo; mas otra luz el mundo de visiones alumbraba por dentro. En este punto resonó en mi oído un rumor semejante al que en el templo vaga, confuso, al terminar los fieles con un amén sus rezos. Y oí como una voz delgada y triste que por mi nombre me llamó a lo lejos, y sentí olor de cirios apagados, de humedad y de incienso. Entró la noche, y del olvido en brazos caí, cual piedra, en su profundo seno: dormí, y al despertar exclamé: “alguno que yo quería ha muerto”




Escribe un comentario